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LOS PAISAJES QUE DUERMEN DETRÁS DE LAS CORTINAS OLVIDADAS

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LOS PAISAJES QUE DUERMEN DETRÁS DE LAS CORTINAS OLVIDADAS

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EN EL REFUGIO PARA CAMINANTES

La tarde comenzaba a caer por todas las direcciones del cielo, y faltaban aún muchas cuadras para llegar al portón hacia el que se dirigían. No intensificaron el ritmo del avance, sin embargo, sino todo lo contrario: parecieron ir midiendo cada paso, como si los testimonios en el terreno se fueran enlazando constantemente con las vibraciones de las respectivas conciencias. Hasta que el portón de destino apareció frente a ellos, tal si los hubiera estado esperando en su sitio.

Se detuvieron ahí, sin hacer ningún gesto para que desde el interior sintieran que ellos ya estaban ahí. Pero unos pocos segundos después la hoja de entrada se entreabrió, y alguien asomó por ella:

--¿Son ustedes, verdad, los que el señor está esperando?

Ellos se vieron entre sí, sin atinar a responder a lo que se les preguntaba. Entonces, el que había salido los invitó a entrar, como si aquella pregunta fuera la usual.

Ya adentro, los que llegaban fueron a acomodarse donde pudieron. Lo que querían era descansar siquiera un poco antes de seguir en camino. Y estaban ya acomodados cuando el señor apareció evidentemente para inspeccionar el ingreso.

Ellos se hallaban totalmente privados, como si el cansancio los hubiera invadido del todo. Aunque no podían darse cuenta, estaba por amanecer. Y unos minutos después, cantó el primer gallo. Todos despertaron al unísono. Había que prepararse para continuar. La vida no se detiene. Entendámoslo así, porque el señor es el Tiempo.

TIENES QUE SER FELIZ, ME DIJO EL ECO

Yo deambulaba siempre, y tan sólo con frecuencia de horas, por aquellas callejas que espontáneamente se convertían en callejones. Había sido mi mundo natural toda la vida, y tal pertenencia se había vuelto ya parte de mi vida, como si entre aquella zona de la ciudad y yo hubiera un enlace sanguíneo incuestionable.

Pero aquel día se iba presentando, sin aviso previo, una atmósfera muy diferente a las usuales: de pronto el aire parecía estar descorriendo cortinas a toda prisa, y por las aperturas iban apareciendo dilatados paisajes que invitaban a excursionar de inmediato por aquellos senderos abiertos entre la Naturaleza circundante.

Sin pensarlo más, me decidí a ir al encuentro inmediato de aquella escenografía que se ofrecía alrededor, como si se tratara de una representación teatral con libreto desconocido. Pero en cuanto emprendí los primeros pasos me di cuenta de que las callejas y los callejones seguían ahí, listos para desmentir mis ansias liberadoras.

Y entonces no dudé en seguir adelante, y tal convicción me hizo redescubrir el horizonte. Grité sin esperar respuesta:

--¿Dónde estoy?

A mi lado se oyó una voz, que no se sabía si estaba dentro o fuera de mí:

--En tu mismo entorno. Ya no le tengas miedo. Tienes que ser feliz con lo que eres: un habitante de tu propia conciencia, la de ayer, la de hoy, la de mañana…

CAMINATA ENTRE PINOS

Era domingo, y como todos los domingos, aguardaba un paseo en familia por los entornos arbolados, que llegaban hasta el horizonte. Esta vez, sin embargo, como si todos se hubieran puesto de acuerdo, las excusas para no asistir a aquel rito familiar que venía de lejos empezaron a emerger tal si se hubieran puesto de acuerdo, y al final sólo quedó en pie la voluntad de él, que había sido siempre el más reservado de todos. Y entonces dispuso emprender la marcha sin nadie más, y lo hizo con un suspiro de alivio nunca antes experimentado.

Para su inmediata sorpresa, lo que se encontró desde los primeros pasos fue algo absolutamente distinto a lo que hallaban cuando iban en grupo, como si se tratara de un entorno que estuviera ahí por primera vez.

El ambiente era desde luego completamente tropical, con las presencias vegetales que eran las propias del mismo; pero en aquel momento él se sintió rodeado por un clima muy distinto, y lo que había a su alrededor era un bosque de pinos entre los que el aire circulaba con ráfagas friolentas. Eso lo embargó de un sentimiento nostálgico inesperado. Y empezó a tiritar mientras avanzaba. En la penumbra alguien se le hizo presente:

--Hermano, por fin llegas. ¡Tanto tiempo sin vernos! Desde que tus antepasados y los míos fueron separados por un océano, toda comunicación se desvaneció. Busquemos algún lugar para detenernos a conversar de todo lo nuestro. No importan los años que necesitemos para ello…

AQUELLA TÍA RETORNADA

Se llamaba Leticia, y ahora todos le decían Ticha. Se había ido muy jovencita hacia las latitudes norteñas, en busca de una mejor vida, y la encontró a medias, porque pudo emplearse bien en una empresa tecnológica que logró un amplio desarrollo en la línea de los tiempos, pero su entrega obsesiva al trabajo la privó de oportunidades en el plano sentimental. Vivió varias relaciones frustradas y nunca tuvo hijos. Y así, al jubilarse, sola y sin futuro, decidió regresar a su tierra de origen, donde al menos el sol estaría con ella cada día.

Ya instalada en una casita que había sido de su madre y que tenía tiempos de estar deshabitada, sintió que las energías le iban retornando. Aunque vivía sola, siempre había a su alrededor sobrinos y sobrinas con sus respectivas descendencias. Eso le despertaba el ansia de vivir, que antes no aparecía por ninguna parte.

--Tía Ticha, ¿vamos al parque?

--No, muchacho, mejor vamos a caminar por ahí, y hasta nos tomamos una cervecita… Sólo permitime que me arregle un poco por si alguien me mira en el camino…

Y aquello pareció premonitorio, porque en algún punto de la caminata se cruzaron con un señor ya bien maduro que se detuvo cuando los vio.

--Disculpe, señora: ¿No nos conocemos? ¿No trabajamos juntos en aquella empresa de Los Angeles? ¿No es usted Leticia? ¡Siempre quise acercármele!

--Ahora soy Ticha –respondió ella sonriéndole, y no a él sino al destino.

EL OTRO VECINDARIO, EL DE LAS ALMAS

La zona donde ellos vivían desde siempre se había ido despoblando de manera progresiva, por efecto natural de los desplazamientos hacia los espacios que estaban de moda, sobre todo con rumbo hacia arriba. Ellos se habían resistido a cambiar de domicilio, aunque las tentaciones eran muchas, y a su alrededor proliferaban cada vez más las viviendas desocupadas con sus antiguos jardines en total abandono.

Aquella mañana, luego de una noche de permanente llovizna que por momentos se hacía más intensa, la pareja salió muy temprano a caminar como siempre por los alrededores, para activar los músculos y airear el organismo. No hablaban mientras se desplazaban, pero esta vez les brotó a ambos al unísono una pregunta anhelante:

--¿No crees que llegará día en que tendremos que salir de aquí?

Y a ambos, también al unísono y con ansiedad, les surgió la respuesta:

--Y si es así, ¿hacia dónde nos vamos?

En un frondoso árbol vecino un grupo de pájaros comenzaron a cantar, como si estuvieran respondiéndoles con la vívida armonía que les caracterizaba. Ellos apenas se percataron, y continuaron caminando. Al siguiente día, que era lunes, se hizo visible una especie de éxodo de vecinos. Más desolado quedaría el lugar. Ellos no se dieron por aludidos. Ahí se quedarían hasta el fin, cuando les tocara irse sin alternativas hacia el otro vecindario, el de las almas.

CUIDADO CON el NÚMERO 3, QUE NOS ACECHA

Tanto él como ella habían sido siempre personas de recogimiento espontáneo, ajenas a todo tipo de aventura, con plena dedicación a lo que les tocaba hacer en toda circunstancia. Se encontraron por casualidad, y sin tardanza empezaron a sentirse identificados hasta lo más hondo. Así se tomaron de las manos, y el primer beso, ligero como el toque de una mariposa, selló el compromiso. Sin decírselo, tuvieron por natural que fuera un lazo para siempre.

Eran sin duda el número 2 perfecto. Así lo percibían todos, aun los que acababan de conocerlos; sin embargo, como aconseja la sabiduría popular, no hay que confiarse nunca, porque la vida es un vivero de trampas de toda índole.

Se hallaban aquella noche en un cine cercano a su vivienda, viendo una cinta romántica, que eran las que más les atraían. En la pantalla se expandía un campo abierto y por él iba caminando un personaje, solitario y sereno. Cuando lo enfocaron más de cerca, ella puso expresión de emocionada sorpresa:

--¡Es él!

--¿Quién? –le preguntó su acompañante en un susurro.

--¡Él, él! El primer hombre de mi vida. Lo que no entiendo es qué hace ahí…

En la pantalla, el personaje giró el rostro hacia ella:

--He venido a buscarte. Gracias por identificarme. Podemos continuar…

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