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PARA ENCONTRAR LOS VERDADEROS HORIZONTES EXISTENCIALES HAY QUE VER HACIA EL INTERIOR DE LA CONCIENCIA

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MILAGRO ENTRE LO VERDE

Las espesuras de entonces se extendían por doquier en todos los terrenos rústicos que llenaban los espacios disponibles, que eran lo que predominaba, porque sólo había algunos pueblitos dispersos y unas cuantas ciudades que crecían apenas. Él no nació en aquellos tiempos, sino mucho después, pero tenía una profunda nostalgia por el ambiente de entonces, que sólo le era imaginable. Estudió Medicina, y al graduarse recogió sus pocos bienes, que heredara de sus padres, muertos a muy temprana edad, y dispuso irse a vivir al campo, en una de aquellas espesuras.

Así lo hizo. Compró una finquita ubicada un par de kilómetros al norte de Apopa y se fue a vivir ahí, con un perrito que le regalara un amigo. La casita que construyó era rústica por fuera y sofisticada por dentro. Como no había energía eléctrica, incorporó una fogata con chimenea para que las noches no fueran exclusividad de la lámpara Coleman.

Ahí mismo en el cantón abrió un sencillo consultorio para atender a la gente de los alrededores, a las que les hacía un cobro simbólico. Mucha gente empezó a llegar. Y uno de esos días se apareció ella, campesina de rostro que parecía calcado de una pintura clásica. Se miraron y el enlace estaba hecho.

--Yo vengo de la punta de aquel cerro que está enfrente. ¿No le importa?

--Sí me importa, porque mi sueño fue siempre vivir en una espesura elevada, y hoy la tengo a la mano; y para más dicha, contigo… Casémonos ya y nos vamos.

¿CUÁNTOS HIJOS TUVIERON LOS GRIJALVA?

En aquel vecindario, como siempre tendía a ocurrir entonces, todos se conocían con pelos y señales. O, al menos, así se creía. Por eso, cuando llegó al lugar el joven que evidentemente andaba en busca de algo o de alguien, todos quedaron en alerta. Él no se dio por aludido, y fue a instalarse en la única posada del lugar, que nadie se había atrevido a llamar hotel. Aquella tarde y aquella noche se quedó encerrado en su sencilla habitación, como si estuviera descansando de un largo viaje; y a la mañana siguiente amaneció con ánimo notorio, dando la impresión de que acababa de resurgir desde su interior.

--Buenos días, señor –le dijo a quien le servía--. Me permite preguntarle algo: ¿Sabe usted donde viven los Grijalva?

El aludido se quedó pensando por un instante y luego respondió:

--¿Los Grijalva, dice? Hace mucho que ya no están aquí. Se fueron muriendo uno tras otro; y al final se corrió la bola de que faltaba un hijo desaparecido…

Él apretó las manos, como si buscara esconder su identidad. Se fue al instante hacia la casa de los Grijalva, sin preguntarle a nadie la dirección.

Llegó rápidamente al sitio: una construcción habitacional casi destruida por el abandono. Penetró sin más, y empezó a recorrer todos los espacios abiertos, hasta que llegó a un cuarto lateral, que se hallaba intacto. Era el de la servidora doméstica, su madre, que lo tuvo a él con el patrón, don Vinicio Grijalva.

Él, por derecho, se quedaría a vivir ahí, aunque todo aquello fuera como una broma del destino.

A DIARIO HAY QUE BARRER ESCOMBROS

Fueron felices al inicio, luego pasaron a la fase de la simple convivencia formal, y ahora estaban de seguro arribando al momento en el que el fantasma de la separación haría de las suyas.

Los hijos, que eran dos varones y vivían en el extranjero donde estudiaron sus respectivas carreras, no parecían percibir nada de lo que estaba ocurriendo con sus padres, ni siquiera cuando esporádicamente venían a visitarlos. Y así llegó un punto en el que ya todo en aquella relación se hallaba a un paso del colapso. Ella, entonces, tuvo el impulso de consultar a una psíquica, y no por ilusión de arreglo posible sino porque siempre había estado atraída por aquellas prácticas.

--Leonardo, quiero que hablemos. ¿Se puede?

--Bueno, si eso querés, está bien. ¿Vamos a la terraza? Hace una linda tarde.

--¿Sabés qué me dijo Loly? Que estamos inundados de escombros, y que tenemos que barrerlos hacia afuera… ¿Estarías dispuesto?

Él puso cara de dubitativo y se quedó en silencio.

--Entonces, ¿aceptas, verdad?

--No sé, no entiendo mucho lo que me estás proponiendo.

--Es simple: nos separamos por unos cuantos días para recuperar el espíritu de cuando iniciamos esta relación…

Él sonrió. De seguro esa pequeña libertad le descongestionaría el ánimo, y a partir ahí el anhelo de vivir volvería a manifestarse. Y entonces murmuró sin palabras:

--¡Gracias, escombros!

FILADELFO, EL INTOCABLE

Fue, cronológicamente, el último hijo de aquella curiosa pareja de inmigrantes que venían del Norte hacia el Sur; es decir, en sentido opuesto a lo común en esta era.

En lo anímico, sin embargo, aquel último hijo fue siempre el primero, porque pensaba, sentía y funcionaba siempre en la cúspide. Era Filadelfo, y desde un inicio lo llamaron Filo, y vaya si lo tenía.

Sus padres, Richard y Nancy, vivían felices en el trópico, aunque con grandes limitaciones económicas. El clima estaba en el centro. Él decía: --Tener al año dos

estaciones da mucha más libertad que tener cuatro. Y ella decía: --Este aire no lo cambio por ningún otro. Pero en sus hijos renació, con gran fuerza, la ilusión del Norte, y cuatro de sus hijos la cumplieron sin dificultad porque no tenían trabas migratorias. El único que mantenía intacto el arraigo era Filadelfo.

Él era fuerte hasta decir ya no, pero eso duró hasta que conoció a Margarita, que había comenzado siendo la lavandera y planchadora en la casa familiar, siendo casi una niña.

Margarita era suave, sigilosa y sonriente; pero, de seguro por efecto de su modo de ser, hizo que Filadelfo fuera aprendiendo a sonreír en paz. Ella le dijo un día:

--Filo, el mejor filo es el que no corta. Y hoy que estás aprendiendo a acariciar, eso queda perfectamente demostrado.

Filadelfo dejó que la sonrisa se le dibujara en el rostro, y su respuesta fue un beso meloso y febril a la vez. Su antigua intocabilidad se le había convertido en acceso fácil a todos los rincones, visibles y ocultos, de su ser. El amor es mágico.

LA REBELIÓN DEL PRIMOGÉNITO

Kevin levantó la mirada de la página en blanco que parecía estar esperando lo que él iba a escribir en ella, y una nueva luz iba cuajando en sus ojos. Entonces Vivian se le acercó en ese preciso momento, y ambos sonrieron como siempre al mirarse a los ojos, pero esta vez aquel encuentro visual mostraba un destello que sólo muy de vez en cuando se les presentaba.

--Gracias por venir a acompañarme unos minutos en mi tarea. Eso me da energía.

--No vengo por eso, Kevin. Mi presencia tiene hoy otro sentido. Vengo a hacerte saber que dentro poco tiempo tendremos un alma nueva entre los brazos.

--¿Y eso qué significa? –le preguntó Kevin con tono ansioso.

--Pues que nuestro primer hijo está ya en camino…

--¡Dios mío, qué dicha! Es lo que estábamos esperando desde el primer día. ¿Es posible sentirlo ya?

Y sin decir más se le acercó a tocarle el estómago perfectamente plano. Estuvo sí por varios segundos, y luego puso gesto desconcertado.

--Qué raro lo que siento: una especie de aleteo, como si fuera un nido con pájaros despertando…

Eso fue todo, y cada quien volvió a su rutina de cada día. Pasaron los meses, y por fin llegó la hora de la verdad: el nacimiento del primogénito.

Entonces se descubrió lo inesperado: lo que surgió no fue una criatura como las de siempre, sino un ser desconocido cubierto de plumas.

NOCHEBUENA FUGAZ

--¿Dónde estamos, mi vida? –preguntó ella, acercándose a él.

--Pues aquí, en el centro de la respiración, que es el motor original de la vida…

--Me encantan tus respuestas tan creativas e inspiradoras.

--Es que soy poeta, no lo olvides ni un instante.

--¿Y cómo voy a olvidarlo, si todo tú me lo expresa?

Se levantaron del sofá y fueron a ubicarse junto al árbol navideño que era como un guardián luminoso en el rincón esquinero de todos los años.

Aquella era la noche de Navidad y el ambiente tradicional del momento lo llenaba todo. Sus tres hijos estaban estudiando fuera del país, los dos mayores en sus respectivas Universidades y el menor en un internado. Ellos estarían solos, pues no habían invitado a nadie. Ni siquiera comerían pavo, sino unos bocadillos de jamón y queso, acompañados por el champán que era lo único tradicional del momento. El Viuda más fino.

Pasaron las horas como si nada. En los alrededores y en las distancias iba en alza la cohetería, igual que todos los años. Ellos fueron a ubicarse en la terraza con las copas llenas en las manos y la botella dispuesta.

De pronto sonó un estruendo desconocido y muy cerca de ellos se alzó una gran columna de humo negro. Algo había estallado. Empezaron a sonar las alarmas. Y en unos cuantos minutos se oían sirenas, había bomberos y ambulancias, el alboroto era general. Ellos no se movieron. La Navidad se había escapado de los entornos. Pero ellos se quedaron ahí, sin resignarse a perder su Nochebuena.

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  • Historias sin Cuento

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