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RECUENTO DE MENSAJES QUE SE VAN ALMACENÁNDO EN CADA CAJA DE PANDORA QUE NOS SALE AL PASO

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David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

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EL HORIZONTE AZUL NOS ACOMPAÑA

Desde su niñez había sido dado a imaginar que él no vivía en el espacio que físicamente le rodeaba sino en otro al que sólo él tenía acceso porque estaba ubicado en algún lugar de su conciencia. Nunca había comentado con nadie esa experiencia tan personal, que se incrementaba a medida que crecía la edad. Hoy, cuando estaba por cumplir sus veintiún años, ese detalle existencial iba tomando impulso. Y así, el día en que tocó límite hacia la mayoria de edad, lo acumulado pareció florecer como si fuera un jardín que extendiera las alas en forma de pétalos.

Sus padres organizaron una celebración de parientes y amigos, y luego de partir el queique engalanado de espumas comestibles, le entregaron su verdadero regalo: el cheque sin cifra para hacer un viaje por donde quisiera. Él lo tomó y en ese justo instante le revolotearon por dentro las ansias acumuladas.

--Esto es para tu primera salida al mundo. Llénalo con la cifra que quieras…

Él volvió a sonreír, pero con más intensidad. No había necesidad de palabras. Se acercó más a sus padres, y los abarcó a ambos en el mismo abrazo.

En ese justo momento la claridad del lugar tomó una coloración azulina. Pero eso sólo él podía advertirlo, porque en verdad se daba en su interior. Era el horizonte azul de sus anhelos más íntimos, con el que ahora podría salir a identificar la dimensión climática de su propio destino…

EL ALMA HABLA SIEMPRE AL OÍDO

Hasta tocar el borde de la adolescencia su comportamiento fue perfectamente identificable con el de los muchachos de su edad, pero a partir de ahí fueron presentándosele señales de que había en él un trasfondo anímico que no era común en ningún sentido. El temperamento se le expresaba con extremismos mayores: algunos días se mostraba entusiasmado al máximo y otros días parecía hundido en un sopor sin alternativas visibles.

Dentro de ese marco de contradicciones imprevisibles le llegó el momento de concluir la educación media y quedar a las puertas de la formación acedémica superior. En esos momentos estaba en fase depresiva, y la pregunta clave sobre su desarrollo futuro le llegó envuelta en un velo de incómoda ansiedad:

--¿Qué viene ahora? –le preguntó una voz interior que traía ecos desde el fondo.

Él bajó los ojos y se quedó pensativo. Al fin reaccionó:

--Quien tiene que decírmelo eres tú, y así te lo pregunto…

--¿Yo? ¿Por qué yo?

--Porque eres quien mejor me conoce. ¿No eres acaso la fuerza que ha vivido dentro de mí desde que tuve el primer contacto con mi propia identidad?

--Shhh, no cuentes nuestras intimidades.

--¿Intimidades? Pero si sólo es referirse a lo que a todos nos pasa, de una manera o de otra.

TODOS TENEMOS UN ESPEJISMO DESTINADO

Parecían hechos el uno para el otro, pero al escarbar un poco en aquella unidad de modos y de reacciones se iba descubriendo que en verdad, si bien tenían muchas cosas en común, fácilmente iban apareciendo las diferencias que no eran sólo de personalidad sino también de sustancia vital. Ellos no parecían animados a descifrar aquello, pero la convivencia se iba encargando de hacerlo ver como si fuera una pantalla sincera.

Y entonces apareció de alguna parte el personaje revelador. Para ella era un navegante recién llegado de lo desconocido; y para él una servidora en el templo más próximo. Al principio ninguno de los dos hablaba del tema, quizás para preservar la intimidad existencial, pero el hecho de convivir hizo que todo eso se fuera revelando sin necesidad de palabras.

--Voy a caminar por la arena de la playa. No me esperes para almorzar porque lo haré en uno de los restaurantitos del lugar.

--Y yo prefiero ayunar este día porque necesito desalojar toxinas y poder hacer mis rezos cotidianos con el cuerpo limpio.

Se alejaron sin despedirse, como era ya su costumbre. Y temprano por la noche reaparecieron. Ella con su vestuario de viajera por las aguas marinas y él con su atuendo impecablemente blanco. Se observaron con distancia cariñosa. Quizás ahora estaban más unidos que nunca.

AQUELLA VEZ, AL TRASPASAR LA FRONTERA MÁS PROFUNDA

Siempre quiso ser aquello: coleccionista de testimonios sobre el misterio de la vida, y ahora sin proponérselo parecía estar lográndolo. Podía ser que su edad actual fuera más propicia para ello, o sencillamente que las antenas de su percepción estuvieran más entrenadas después de tanto proponérselo. Para empezar, el misterio se le había ido volviendo una especie de compañero sin reservas, después de tanto tenerlo bajo la mira, cada vez con menos inquietud.

Ese día, después de una jornada de lecturas espontáneas, fue a acostarse en el catre de siempre, y se durmió al instante, como si alguien hubiera estado preparándole las condiciones para el reposo anhelado.

De inmediato se incorporó sin despertar. ¿Sería otra clase de sueño? Es lo que se preguntó sin palabras. Y lo dejó ahí, porque ahora lo que en verdad lo tenía ocupado era avanzar hacia adentro como no lo había hecho en ningún momento anterior. Así lo hizo. La atmósfera era acogedora, el aire cariñosamente fraternal, los aromas gentiles…

--¿Qué será esto? ¿Lo que me espera al traspasar la línea del más allá?

Una voz inubicable que estaba a todas luces dentro de él, le aclaró:

--¡No, hombre! Esto es la vida, la auténtica viva, que podemos experimentar aquí, sin necesidad de pasar a ningún más allá.

Y entonces él, más tranquilo, volvió a cerrar los ojos. El sueño podía continuar, y ahora ya sin ningún temor a lo desconocido.

CRUCERO POR EL MEDITERRÁNEO

Lo hicieron muchas veces, pero la pandemia global había cerrado por el momento tal posibilidad, y ellos se hallaban enclaustrados sin alternativa visible, al menos por algún tiempo. Fue así como de pronto se le ocurrió a él ir a visitar al amigo que era experto en leer las cartas y en descifrar mensajes esotéricos.

--Hola, Meme, vengo a verte para que me orientes sobre cuándo podré viajar por el Mediterráneo en uno de esos cruceros que hice un montón de veces…

--Bueno, déjame ver; sólo saco las cartas…

Las desplegó sobre la mesa y se quedó observándolas. Un gesto de incredulidad se le fue dibujando en el semblante. El visitante lo observaba; y como asiduo a tales ejercicios, empezaba a sentir que los enigmas iban cediendo terreno.

--Bien, ¿tienes algo que decirme?

--Pues la verdad es que el Mediterráneo que limita con Europa y con África no aparece por ninguna parte.

--¿Y entonces?

--Pues que eso puede significar varias cosas, no todas relacionadas necesariamente con el Mediterráneo físico.

--No entiendo. ¿Qué quieres decirme?

--Que tus viajes ahora van a ser por el Mediterráneo interior, ese que todos llevamos alimentado por las venas, dentro de la más real geografía humana.

EL EXTRAÑO OFICIO DE SER REAL

Marcelo era un recién graduado en la carrera de Medicina, especialidad trastornos cerebrales orgánicos. Trabajó durante algún tiempo en una clínica privada, y luego abrió su propio consultorio, a la vuelta de su casa, con lo cual cumplía el anhelo de desprenderse lo menos posible de su ambiente familiar. Y es que a él, que tenía dos hijos de cinco y de tres años, le unía un lazo muy intenso con ellos.

Una tarde acudió a su consulta una señora mayor que tenía toda la planta de ser un personaje de telenovela, que así le expuso su caso:

--Doctor, siento que estoy en este mundo por una simple y única razón: cuidar de que mi nieta Adela, cuyos padres murieron en un accidente automovilístico, y que, como su madre, mi hija, vive obsesionada por las fuerzas extraterrestres, que la persiguen, según ella, desde que era una niña, y que se llevaron a sus padres…

--Señora, según lo que acaba de decirme, yo estimo que usted a quien debe ir a buscar es a un psiquiatra experimentado en casos de esa índole. ¿Quiere que le recomiende uno que es de mi entera confianza?

La señora movió los brazos, como preparándose a volar. El doctor Marcelo la veía con expresión a la vez inquieta y absorta. Y por fin habló:

--No se preocupe, doctor. Yo con usted me conformo. Anoche, en un sueño, me lo recomendaron con toda certeza. Me dijeron que usted era un enviado de los dioses, y que esto no lo comentara con nadie, ni siquiera con usted; pero no puedo evitarlo:

¡Auxílieme, por favor!

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