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Una batalla por el valor de los cantos náhuat

Hablantes de náhuat cedieron canciones de su creación, a bajo costo, a una extranjera, ante una petición poco clara. Sus canciones no son valoradas por su riqueza cultural frente a la desprotección del Estado.

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Anastacia es una cantante de Náhuat, de las pocas que hay en Santo Domingo de Guzmán, el pueblo que concentra la mayor cantidad de hablantes de la lengua.

Anastacia es una cantante de Náhuat, de las pocas que hay en Santo Domingo de Guzmán, el pueblo que concentra la mayor cantidad de hablantes de la lengua.

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Anastacia mira hacia el vacío mientras canta en náhuat. "Cuando no tenemos nada no comemos nada. Solo comemos en casa un puño de sal y un tomate", dice en su canto traducido al español. El rostro se mantiene firme y las manos siguen el ritmo de la melodía. Al terminar, toma el bastón y camina hacia su casa: una estructura sencilla, mitad concreto y mitad adobe, en Santo Domingo de Guzmán, Sonsonate. Se detiene y muestra su cosecha de loroco, chile y sus árboles de mango.

Aunque Anastacia vive con poco, sus cantos en náhuat deberían ser un tesoro para este país. Según la Organización de Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (UNESCO), son bienes culturales inmateriales. Pero las cantoras náhuat están desprotegidas, al igual que la lengua de la que ellas mismas son guardianas. En noviembre de 2020, Anastacia confirmó que lo estaba. Con su utopía de salvar la lengua, escuchó una propuesta y, más tarde, se sintió defraudada.

Elvira, hija de una nahuablante fallecida, fue enviada por Sonia Megías, una compositora española, que decía tener la intención de hacer visible la lengua en centros escolares, a través de canciones. Megías mandaba a solicitar autorización para usar varias de las letras de Anastacia y otros abuelos (como son llamados en el pueblo donde residen) para un cancionero de música en náhuat, que vería luz a finales de este año. La compositora ha trabajado en proyectos para el rescate de la lengua en el país. Esto le dio confianza a Anastacia. A cambio de las canciones, Sonia ofreció $50. Así consta en un documento que le hizo firmar.

Pero en marzo, Anastacia se enteró de que Megías estaba haciendo una recaudación para el cancionero. Cuando ella lo supo, ya sumaban $7,000. De esto, los autores de las letras, recibirían, juntos, $550, de acuerdo al presupuesto que la misma Megías publicó. Es decir, solo el 7.86 % de los recursos serían para los abuelos cantores.

El presupuesto establecía que el proyecto, con 500 ejemplares, podía costar más de $10,000. De esto, $2,000 eran para la impresión de materiales. El resto, eran honorarios para ilustradores, maquetadores y traductores. A ellos se les destinó sumas acorde al trabajo que realizan. A todos, excepto a los autores de las canciones.

Destinarían también $2,000 a un viaje de Megías, de España a El Salvador, para realizar conciertos con los hablantes de náhuat, pero no se especifican honorarios para ellos. Megías, sin embargo, argumenta que este era un presupuesto informal, que iría cambiando acorde a cómo fluyera la recaudación. Dicha afirmación no consta en ningún documento y no se los explicó a los abuelos.

Esto le costó a la compositora una serie de acusaciones por subvalorar el valor de la lengua y el trabajo de las abuelas. Petrona Xemi, representante de Anis Internacional, una asociación indígena salvadoreña, incluso llega a señalar que esta distribución fue "colonialista y clasista". En medio de las críticas por la paga, Megías modificó varias veces el presupuesto e intentó ofrecer $200 más a Anastacia y a otros abuelos. Pero ella no cedió. Finalmente, Megías decidió no cobrar sus honorarios. Werner Hernández, un reconocido investigador de la lengua, quien iba a fungir como traductor de las letras, hizo lo mismo.

Megías, hasta la fecha, sostiene que las críticas por la paga a los abuelos son una "campaña de odio en su contra". Anastacia, sin embargo, solo pide que le devuelvan sus canciones.

Su última moneda de oro

Sixta señala las parcelas de tierra que hace años arrendaban sus padres para cosechar. En esas tierras, hace tiempo, estuvo sembrando maicillo. Su única canción en náhuat habla de cómo ha cambiado su pueblo. "Hoy ya no quieren las casas de monte", entona, a capela, mientras su mirada pareciera extrañar aquel pasado, que aunque duro, le provocan nostalgia. Hoy, ella ya no cosecha maicillo, siembra la semilla del náhuat. Da clases de esta lengua en internet, con Anis Internacional. A sus 84 años este se ha convertido en su único ingreso.

Nanzin Sixta también cedió canciones a Megías para el cancionero. Ella aceptó los $50 que recibiría a cambio de letras que cuentan la historia de su pueblo. Pues su lengua, dice, le ha dado de qué vivir estos últimos años.

Sixta descubrió que había otras mujeres que hablaban "igual que ella" en la iglesia, hace poco más de 10 años. Luego, recuerda que en 2013, de parte del Gobierno de Mauricio Funes (FMLN), llegaron con la noticia de que los hablantes de náhuat recibirían $1,015.

Para entonces, pocos hablantes habían salido a la luz. Pero el día en que la Secretaría de Cultura llegó a escucharlos hablar náhuat para entregarles el bono, todos los que pudieron balbucearon las pocas palabras que recordaban. Otros soltaron todo lo que durante años no habían dicho en su lengua materna, por miedo a la represión que hubo en otros tiempos, cuando el general Maximiliano Hernández Martínez masacró a más de 25,000 indígenas.

Después del día de la entrega del bono, los nahuahablantes se reconocieron entre sí y por el resto del país. Comenzaron, entonces, a llegar grupos de estudiantes, motivados por aprender al lado de los abuelos. Luego llegaron los extranjeros por el mismo fin. Así llegó Megías.

Según SACIM EGC, una organización que se especializa en derechos de autor en la industria musical, "es el autor o sus representantes quienes determinan el arancel y establecen las condiciones en una licencia de producción. Considerando, entre varios aspectos, el plazo y el número de ejemplares a reproducir". Este acuerdo, normal para cualquier cantante comercial, no ocurrió con los cantantes náhuat. Ni por asomo.

De acuerdo con Megías, no siguió un proceso más formal porque contaba con que todos querían aportar al proyecto. Además, asegura que las canciones que cedieron "no tienen valor musical" porque algunos abuelos han creado las letras en náhuat, pero usan melodías de canciones que ya existen. Las canciones, además, no están registradas con derechos de autor. Las letras, sin embargo, cuentan historias que no son valuables. Historias que al Estado deberían importarle.

Jesús Martínez, miembro del Consejo Coordinador Nacional Indígena Salvadoreño (CCNIS), asegura que por esto es importante que exista una Ley de Pueblos Indígenas u otra regulación que valore la propiedad intelectual de productos en náhuatl de una manera distinta al resto, por el valor de la lengua. De forma irónica, mientras este conflicto tenía lugar, la Asamblea Legislativa desechaba el expediente que contenía esta ley, que, ahora, deberá seguir esperando aprobación.

Hasta que eso ocurra, Megías insiste en que producirá el cancionero, aunque por el momento suspendió las recaudaciones de fondos. Mientras, en Santo Domingo, Anastacia, Sixta y las demás abuelas, seguirán cantando las canciones que crearon. Porque son suyas, porque les pertenecen.

Santo Domingo es uno de los pueblos donde el Gobierno de Mauricio Funes entregó un bono a los hablantes de náhuat. Ahora es reconocido por sus tradiciones.

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