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Continuidad de nuestros males

La militarización de la sociedad es la receta perfecta para el aumento de la conflictividad y a la larga para un nuevo fracaso nacional.

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Ernesto Mejía - Subjefe de Información de LA PRENSA GRÁFICA

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Hacia finales del año pasado, tuve conocimiento por primera vez de la existencia de la novela Operación Amor, del escritor y cineasta salvadoreño Manuel Sorto.

Publicada en abril de 1980, cuando el país comenzaba su larga caída por el despeñadero de la guerra civil, la obra tuvo la mala fortuna de quedar rápidamente olvidada ante las nuevas dinámicas que impondría la violencia fratricida. No sería sino hasta 2020 que la editorial Chifurnia Libros volvería a editarla, dándole así un nuevo impulso, y a los lectores que no estábamos familiarizados con ella la oportunidad de acercarnos a sus páginas.

Ambientada en algún momento del inicio de los años setenta, Operación Amor narra un jocoso operativo realizado por la extinta Guardia Nacional que, alertada de la existencia de un campamento de las nacientes guerrillas en una finca, allana la propiedad con el objetivo de desmantelarlo. En el sitio, sin embargo, en lugar de un puñado de revolucionarios, con lo que se tropiezan es con un grupo de jóvenes jipis entregados a la música, la pintura y al profuso consumo de marihuana y LSD.

En medio de ese inesperado cuadro, el comandante al frente de la operación es invitado a probar pastillas de ácido por la bella anfitriona de la fiesta. Dispuesto a mostrar su hombría, el militar engulle la pastilla, que acompaña luego de unas largas caladas a un grueso puro de marihuana, lo que lo envía a un delirante y no menos escalofriante viaje donde se visualiza en medio de un río de sangre. En lo sucesivo, el comandante sufre una improbable transformación que lo lleva a hacer buenas migas con ese grupo de jóvenes al que termina invitando al cuartel para continuar ahí una disparatada especie de comunidad. Un inusitado ejercicio de tolerancia –motivado por razones políticas, bien es cierto– que se clausura de forma violenta, como un temprano anticipo de los años de fuego que estaban a punto de sacudir los cimientos del país.

Cuento largo en realidad, más que una novela, la importancia de Operación Amor radica en que sus páginas constituyen una ventana al naciente desarrollo de una veta literaria de las letras nacionales que quedó truncado por la brutal explosión de la guerra. Una veta que hacía del humor corrosivo y desacralizador su principal estandarte y que, como afirma Álvaro Darío Lara en el prólogo a la edición de 2020, era un ave rara en el firmamento de las letras vernáculas, más acostumbrado al tono solemne y elegíaco.

Pero su valor consiste también en que plantea al paso lo que ha sido una de nuestras más notables tragedias nacionales: la proverbial desatención de nuestros jóvenes, una desidia acompañada de una marcada falta de oportunidades para ellos, cuando no de una abierta represión en su contra, lo que ha condenado a generaciones enteras y al país, por extensión, a un destino incierto.

Cerrados todos los espacios de expresión y de participación política, la generación de jóvenes retratada en Operación Amor, heredera de otras tantas anteriores vulneradas en los más elementales derechos humanos, se vio en efecto sometida a un traumático despertar que la empujó a los brazos de la guerra.

Y cuando el silencio de los fusiles por fin sobrevino, las urgencias de la reconstrucción y de las reformas políticas echaron al traste la posibilidad de ofrecerle a toda una nueva hornada de jóvenes algo que no fuera marginación y precariedad. Elementos que, combinados con las masivas deportaciones emprendidas por Estados Unidos desde mediados de los noventa, configurarían el ambiente perfecto para la proliferación de las pandillas.

Desgraciadamente, 30 años después del inicio de la posguerra, el panorama no parece más alentador. Aunque la propaganda insiste en una mayor atención a ese grupo poblacional y el presupuesto de Educación para 2022 da cuenta de un aumento, el ejercicio detenido de observar bien hacia dónde se dirigen los fondos revela otras prioridades. Mientras el presupuesto para Educación creció un 9.3 % con respecto a 2021, el de Defensa lo hizo un 16.6 %, llegando a $256.6 millones, la cifra más alta desde la firma de los Acuerdos de Paz. El alza es congruente con el anuncio de esta administración de duplicar el número de militares al cabo de cinco años y su invitación a que los jóvenes se enrolen en el Ejército. Y es también un augurio de la prolongación de nuestros males. La militarización de la sociedad es la receta perfecta para el aumento de la conflictividad y a la larga para un nuevo fracaso nacional. La generación protagonista de Operación Amor está ahí para atestiguarlo.

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  • militarización
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