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El incendio como telón de fondo

Ese rasgo piromaníaco se disimula menos si vuelves ordinario lo extraordinario, en este caso la lectura de la realidad política en clave conspirativa. Y por ridículo que parezca, el objetivo del presidente es convencer al país que se está fraguando un fraude.Conseguir que la opinión pública se coma ese cuento requerirá un esfuerzo brutal de recursos, inversión en pauta en redes sociales, voceros inesperados e inusual creatividad de sus técnicos en relaciones públicas y comunicaciones.

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Una campaña de altura, evitar la confrontación y sembrando confianza en el proceso es lo que el arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar, le pidió a los partidos políticos que entrarán en campaña electoral dentro de poco más de un mes. En su tradicional presentación del fin de semana, el jerarca católico sostuvo que el pueblo salvadoreño no se merece ni quiere más crispación.

Coincidimos con la invitación del arzobispo, pero antes hay que reconocer que buena parte de la tensión que puede marcar o malograr el ejercicio electoral de febrero nace de las actuaciones del presidente de la República. Si el mandatario sostiene, sin presentar ninguna prueba, que hay intentos de fraude en cinco departamentos del país, y alude a "no provocar" al pueblo; si en su narrativa ya comienzan a aflorar otra vez las descalificaciones, los comentarios al estilo "no jueguen con fuego" y amenazas crípticas contra la tranquilidad de la nación, no podemos aspirar a una campaña de altura.

Tampoco debemos confundirnos: que la atmósfera preelectoral se enrarezca, que haya un cada vez más fuerte hedor a zozobra, que se cuestione la independencia del árbitro no es consecuencia de las ansiedades del nuevo protagonista en escena, sino un tinglado en el cual al gobierno moverse le es más fácil y más productivo.

Al presidente no le importa acusar sin fuerza probatoria, ni tensar hasta que se rompan las relaciones entre los órganos e instituciones del Estado; tampoco repara que al divulgar estos dichos de fraude electoral en ciernes, daña la imagen del país, un acto de mera propaganda que erosiona la confiabilidad del Estado y puede traducirse en peores condiciones ante inversionistas y acreedores.

Nada de eso importa a un mes del inicio de la campaña, al menos en el análisis situacional de Bukele, que aunque hace meses sostuvo con pretendidas humildad y generosidad que separaba caminos con el partido que fundó, está actuando en la práctica como el principal activista -y uno incendiario- de Nuevas Ideas.

Ese rasgo piromaníaco se disimula menos si vuelves ordinario lo extraordinario, en este caso la lectura de la realidad política en clave conspirativa. Y por ridículo que parezca, el objetivo del presidente es convencer al país que se está fraguando un fraude.

Conseguir que la opinión pública se coma ese cuento requerirá un esfuerzo brutal de recursos, inversión en pauta en redes sociales, voceros inesperados e inusual creatividad de sus técnicos en relaciones públicas y comunicaciones. Hay que emplear el manual de la propaganda al máximo, en especial los principios del enemigo único, del método de contagio, de la desfiguración y de la exageración.

En los próximos días, es probable que se siga pseudodocumentando la intentona de fraude a través de videos socializados, de nuevos tuits de Bukele o de los miembros de su círculo cercano, muchos de ellos en clave belicosa. Lo que les importa es que sean muchos, de modo que ningún esfuerzo por racionalizar lo que ocurre encuentre interesado al público.

Si esa dinámica arruina la convivencia, crispa sin necesidad a una población que ya ha sufrido suficiente entre la angustia por la pandemia, el luto nacional, el encierro y la crisis económica, no importa. El líder de ese movimiento ha exhibido una voluntad que raya con la obstinación, y no le importa tener que incendiar el camino para llegar a destino.

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