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El odio oficialista a Chapultepec es una paradoja

Bukele no es una fuerza renovadora sino reaccionaria. Aunque como fenómeno su ascenso sólo fue posible con el colapso de la partidocracia tradicional, esencialmente él representa la continuidad de las ideas que critica, léase la mercantilización de la administración pública, el imperio del interés personal sobre el interés común y la plutocracia como tara republicana.

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El gobierno invirtió en una campaña propagandística de descalificación de los Acuerdos de Paz; ese desperdicio de dinero público incluyó la activación de algunos de los narradores no oficiales del régimen, analistas políticos que sostienen que la firma de Chapultepec fue sólo una validación del statu quo.

Aparentemente esa es una línea argumental potente, porque coincide con la pretensión de Bukele y de su círculo de representar una ruptura con el sistema político tradicional, un rompimiento con las peores mañas y hábitos de la administración pública, de ser una fuerza que sí transformará el orden, a diferencia de unos Acuerdos de Paz que por eso mismo habrían sido una farsa.

Hay, no obstante, un pero: el argumento sólo tiene superficie, no sustancia, como casi toda la comunicación alrededor del régimen.

Bukele no es una fuerza renovadora sino reaccionaria. Aunque como fenómeno su ascenso sólo fue posible con el colapso de la partidocracia tradicional, esencialmente él representa la continuidad de las ideas que critica, léase la mercantilización de la administración pública, el imperio del interés personal sobre el interés común y la plutocracia como tara republicana.

Este gobierno retomó muchos de los peores manierismos de sus antecesores –por no mencionar la inconveniencia de haber desempolvado a funcionarios de aquellos gobiernos cleptómanos– precisamente porque los grupos económicos que financiaron la carrera del presidente deseaban gozar de un gobierno mayordomo. Desde el análisis de esos grupos, entre menos controles en la operación del aparato estatal, mucho que mejor. La democracia y el derecho vendrán después, a ocupar el espacio que les sea posible sin resultar incómodos.

En resumen, que funcionalmente este gobierno cumple un cometido continuista. Y en lo que al espíritu de los tiempos toca, es además un régimen conservador, que no abraza las causas connaturales a la época, medio ambiente, derechos de las minorías, derecho a la información, ni siquiera empoderamiento de la mujer. Peor aún, ha exhibido una veta autoritaria y despótica real, y coquetea con el militarismo sin ningún pudor.

¿Qué hay en el adn del gabinete, del presidente, de su movimiento político y de sus satélites? Es una pregunta que sólo el círculo íntimo de Bukele puede responder, pero en definitiva no hay ahí ninguna pretensión de rediseñar al Estado o combatir el virus de corrupción y clientelismo político que enferma a la administración pública. Claro, si algo anima su apetito de poder es la impunidad con la que este puede ejercerse en nuestra inacabada democracia.

Esa es la paradoja del asalto argumental oficialista contra los Acuerdos de Paz. A juicio de los evangelistas del régimen, los firmantes de Chapultepec construyeron a partes iguales un juguete que garantizaría el orden republicano y la reproducción oligárquica; a cambio de la gobernabilidad resultante, las dos fuerzas políticas protagónicas cobrarían lo suyo.

Décadas después, una nueva facción económica representada por Bukele confía constituirse en nueva oligarquía y cree que el orden republicano saldrá indemne de esta locura: construir gobernabilidad alrededor del despotismo. Su aspiración es firmar ese retroceso de la crónica salvadoreña, y visto lo visto pactando con cualquiera.

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