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El periodismo adquiere más valor en época de autoritarismo

Cuando las cortinas de lo que se hace con el dinero público están cerradas, cuando los jueces ya no tienen rostro, cuando se quiere convencer a la nación de que si quiere ser defendida debe arrodillarse, adquiere aún más valor el concepto de que el periodismo es el único modo de contarle a la gente lo que le pasa a la gente.

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Aunque en el discurso que el gobierno ha construido todos los que coinciden en exigencias o críticas a la gestión presidencial lo hacen como reacción y no movidos por convicciones, pasados tres años de esta administración es inevitable preguntarse qué es lo que tienen en común las voces que previenen, lamentan o fustigan lo que pasa en El Salvador.

Recientemente el encargado de negocios de la embajada estadounidense en El Salvador, Patrick Ventrell, brindó un importante respaldo al periodismo independiente. En una conferencia de prensa, afirmó de modo tajante que ese país "no se abstendrá de emprender acciones contra los que amenacen a la prensa", a la que reconoció como uno de los "pilares de la democracia" y del sistema de libertades en esta nación centroamericana.

Que en su único acto público antes de abandonar el cargo, el funcionario se expresara de esa manera no es casual. Si algo ha caracterizado la gestión de la Embajada de los Estados Unidos de América después del cambio de gobierno y del radical giro en materia exterior que supuso es la valía en la que tienen a los periodistas. Y hacen hincapié en esa posición no sólo en El Salvador sino en la otra media decena de países latinoamericanos que sufren una involución democrática, que enfrentan la renuencia gubernamental a rendir cuentas y que se empeñan en desmantelar el acceso a la información pública.

En un escenario de esa naturaleza, es fundamental mantener a los ciudadanos lo mejor informados posibles, no gracias sino pese al Estado, a quienes lo administran y a quienes pese a pertenecer a la sociedad civil, a la esfera empresarial o al mundo cultural y académico, se benefician de la gestión gubernamental y por ende guardan riguroso silencio. Cuando las cortinas de lo que se hace con el dinero público están cerradas, cuando los jueces ya no tienen rostro, cuando se quiere convencer a la nación de que si quiere ser defendida debe arrodillarse, adquiere aún más valor el concepto de que el periodismo es el único modo de contarle a la gente lo que le pasa a la gente.

El poder político lo sabe y por eso ha pretendido desplazar al periodismo independiente a través de vehículos de desinformación y noticias falsas; el régimen ha llegado tan lejos como para fundar empresas de comunicación cuyo único propósito es la más vulgar propaganda, con el pecado extra de ser deficitarias para el erario nacional. Es uno de los embates que enfrenta la profesión, pero nunca más peligroso que el de caer en la irrelevancia, en la superficialidad y en adherirse al discurso oficial, olvidándose del servicio que debe rendirle a la población.

Afortunadamente, el periodismo independiente continúa haciendo su trabajo. Y los tiempos son tan caprichosos que no sólo aquellas personalidad e instituciones que por su carácter democrático siempre han estado con él lo defienden como antes, sino que aquellos que se quejaron del periodismo cuando fueron funcionarios ahora encuentran en él la utilidad que intentaron ignorar.

Quizá la principal dificultad que este gobierno y los anteriores tienen ante el periodismo es la incapacidad de comprender que haya salvadoreños que se muevan por la estricta convicción, no por agenda político partidaria ni por cálculo económico ni por afiliación ideológica. El único activismo que el periodista puede permitirse es el de la libertad de información. Y por eso de vez en cuando aparece un espaldarazo como el del ex encargado de negocios de la embajada estadounidense.

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