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En el Día Internacional de la No Violencia contra las Mujeres

La descalificación podrá parecer sofisticada pero tarde o temprano terminará en lo mismo: desprecio por la condición femenina, chanza vulgar rayana con el odio. El Salvador es en ese sentido uno de los ejemplos más grotescos, con personajes que a pesar de su misoginia continúan gozando del favor de las y los grandes nombres del establishment.

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Lo más grave de la violencia contra la mujer es su invisibilidad. Esa violencia es invisible porque los usos y hábitos familiares, la visión de mundo y la cultura dominante la naturalizan; y donde no lo hacen, hay un ejercicio de justificación sobre la base de un menosprecio de género.Tristemente, la conciencia de este fenómeno se construyó sobre el drama de millones de mujeres que murieron sin conocer otra cosa que el muro infranqueable del no: no puedes estudiar, no puedes aspirar sino a un rol secundario en el tejido social, no puedes ser sino madre, no puedes ser fuerte, extrovertida o creativa sin ser etiquetada, hasta llegar al no puedes defender el metro cuadrado de tu privacidad ni de tu sexualidad.

Precisamente aunque de modo oficial lo que se conmemora hoy es la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, emitida por la Asamblea General de la ONU en 1993, este día se rinde homenaje a la memoria de las activistas políticas Mirabal, tres hermanas asesinadas en 1960 por orden de la dictadura dominicana.

Por violencia contra la mujer, Naciones Unidas entiende "todo acto que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada".

En lo público, es preocupante cómo la mujer no sólo debe defenderse del chauvinismo callejero sino del insulto y de la jerga sexual tristemente habitual en las redes sociales; incluso cuando una mujer opina sobre la cosa pública, la descalificación podrá parecer sofisticada pero tarde o temprano terminará en lo mismo: desprecio por la condición femenina, chanza vulgar rayana con el odio. El Salvador es en ese sentido uno de los ejemplos más grotescos, con personajes que a pesar de su misoginia continúan gozando del favor de los grandes nombres del establishment.

La última década ha sido pródiga en el reconocimiento del otro tipo de violencia contra las mujeres: en la esfera de lo privado.

Cuando los comportamientos violentos han gozado de una impunidad además de prolongada socialmente aceptada, el fenómeno es insidioso por reproducción: de la abuela a la madre y de la madre a la hija. Pero incluso ahí donde la misoginia permanece reprimida hay un peligro latente, dispuesta a explotar ante el primer conflicto entre compañeros de vida.

La mujer de 2020 es más consciente de sus derechos que la de hace un cuarto, medio o un siglo; es políticamente activa, empoderada en prácticamente todos los rubros de la vida económica, con aspiraciones que ya no se constriñen a la esfera familiar. Y es por todo esto que corre ahora un peligro insospechado, el de convivir con hombres no educados para interactuar con las mujeres como sus iguales. Ahí donde un padre de familia o un esposo no sabe lidiar con el éxito de una mujer hay un conflicto potencial, que puede manifestarse de modos incluso criminales.

Sí, aun participando del mismo sistema educativo, las mujeres pueden pagar en la esfera familiar el costo de su éxito profesional; en sectores de menor renta, la sencilla reivindicación del derecho a expresar su opinión o a decir que no puede bastar para que se reactive el círculo de la violencia.

Hay pues mucho por hacer. Y un buen sitio para empezar es examinar nuestro propio comportamiento.

Vayan estas líneas en memoria de Karla Turcios, compañera, recuerdo, convicción y símbolo.

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