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Estamos aproximándonos a las vísperas de los nuevos comicios, que serán generales y sin duda muy determinantes del inmediato futuro

Pongamos el ojo sobre la salud de nuestra incipiente democracia, de modo que resista airosamente los embates de cualquier capricho disolvente. Los valores de libertad y de unidad tienen que ser salvaguardados con la máxima entrega, de tal forma que no haya desvíos que nos hagan extraviarnos en la ruta.

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Estamos aproximándonos a las vísperas de los nuevos comicios, que serán generales y sin duda muy determinantes del inmediato futuro

Estamos aproximándonos a las vísperas de los nuevos comicios, que serán generales y sin duda muy determinantes del inmediato futuro

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En nuestros días, sentimos que el tiempo vuela aleteando sobre nuestras cabezas, y tal sensación nos está cambiando constantemente las percepciones sobre todos los aspectos del calendario, dándole al hoy connotaciones sin precedentes. Ya no tenemos posibilidad de quedarnos impávidos frente a lo que pasa, como con tanta frecuencia hacíamos en el pasado, y ahora más bien nos hallamos cada vez más comprometidos –nos guste o no– con los movimientos de la evolución, que por momentos son trepidantes y a ratos son sigilosos, pero nunca se están quietos. En tal sentido, lo que está y lo que viene se entrelazan a cada instante, sin dejarnos posibilidad de que giremos la vista hacia otro lado. Y hoy, casi en la mitad de 2022, tenemos ya los ojos puestos en lo que políticamente puede ocurrir de aquí al 1 de junio de 2024, cuando el nuevo período presidencial emprenda camino.

Todo apunta a que el Presidente Bukele será de nuevo el líder en el período que dará inicio en esa fecha, después de todos los reacomodos que se avecinan para abrir la brecha constitucional; y esto último requerirá, evidentemente, de readecuaciones y de tiempo, lo cual hará que los meses que ya se avecinan sean propicios a los forcejeos y vengan cargados de polémicas aún más densas que las que proliferan en el ambiente. No es de extrañar, entonces, que las tensiones estén a la orden del día, haciendo que la atmósfera nacional siga estando sobrecargada y amenazante. Pero hay que llegar a la debida conclusión de que eso es consecuencia directa del proceso en el que estamos inmersos, de manera muy original si nos comparamos con lo que pasa en otros países de los entornos. De ahí hay que partir para hacer las valoraciones correspondientes.

En nuestro país, como en cualquier otro lugar del mapamundi, ahora hay que pensar y actuar con voluntad de horizonte, porque los enclaustramientos pasados ya no sólo no funcionan sino que distorsionan todo ejercicio de realidad. Nos toca adaptarnos a las líneas de los tiempos, con espíritu crítico y con decisión transformadora. Como hemos dicho tantas veces, las viejas fórmulas ideológicas ya no sirven para nada, y es nuestro deber pragmático hacerlo valer en el día a día. Nosotros, los salvadoreños, que nos encontramos de nuevo ante decisiones políticas de alto impacto, debemos tener las mentes abiertas y las voluntades preparadas, porque no perdamos de vista que hoy lo que hagamos y dejemos de hacer es materia de observación global.

2024 está a la vuelta de la esquina, y no hay tiempo para vacilaciones ni espacio para descuidos. Responsabilicémonos de nuestro devenir histórico, con todos los efectos y consecuencias que se vayan presentando. Y, muy en especial, pongamos el ojo sobre la salud de nuestra incipiente democracia, de modo que resista airosamente los embates de cualquier capricho disolvente. Los valores de libertad y de unidad tienen que ser salvaguardados con la máxima entrega, de tal forma que no haya desvíos que nos hagan extraviarnos en la ruta. El Salvador está en la línea de ser un experimento ejemplarizante, y eso hay que potenciarlo sin reservas.

Lo que más se pone de manifiesto en las diferentes latitudes es una nueva racha de ofertas ideologizadas, lo cual muestra cuán difícil es ir encontrando alternativas que se ajusten más certeramente a los movimientos propios de esta época, en la que lo ideológico no sólo ha ido perdiendo fuerza sino que ha mostrado su incapacidad de responder a las necesidades más sentidas de los pueblos. Hoy lo que se necesita es ir ganando la confianza de éstos, no con discursos ni con halagos sino con demostraciones de afinidad, en el más entrañable sentido del término.

Estamos ya en un período de tensiones preelectorales, y habría que hacer todo lo que sea necesario para que esto no socave la normalidad nacional, que muestra grandes fallas de funcionalidad con lo que ha venido pasando en lo político, en lo económico, en lo social y en lo sanitario. Y ya que no hay cómo asegurar que eso pueda darse en los hechos, orientar conductas hacia lo que al país le conviene es el único recurso efectivo para avanzar por ahí. Todos tendríamos que contribuir a ello.

Oigamos las mejores voces, del interior y el exterior, a fin de sumarnos a ese vivificante empeño de "nueva normalidad" que pondrá a nuestro país en la mejor vitrina del mundo global, para sacar de ello las legítimas ventajas de estar al día sin reservas heredadas. El Salvador debe dedicarse a su presente, pero sin olvidar que este es un presente que tiene las manos enlazadas con el futuro.

Hagámonos cargo de los desafíos y de los logros de nuestro destino en movimiento constante y creciente. Asumamos sin excusas el hecho cierto de que este momento histórico es crucial para abrirnos nuevos horizontes. No nos acobardemos ni nos empalaguemos: esta coyuntura debe ser tratada con realismo sin desvíos.

Hay que tener confianza en nuestro país y en nuestra gente, porque ahí está la clave de lo que anhelamos desde siempre. Y pese a que muchos salvadoreños emigran, sus vínculos con la tierra que los vio nacer continúan y continuarán vivos.

Mañana, tarde y noche tendríamos que estar dispuestos a pedir: "Que Dios bendiga a El Salvador", porque eso significa bendición para todos.

Me detengo frente al monumento a El Salvador del Mundo, y le hago ese mismo ruego.

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