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Incapacidad de empatizar, nueva tara de la nación

Desentenderse del drama de los demás no conduce sino a la alienación, a padecer de una visión de las cosas sesgada, incompleta y desconectada de la realidad.

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La Prensa Gráfica

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Cientos de personas se agolparon ayer afuera de uno de los centros penales, luego de que se esparció el rumor de que el gobierno liberaría a muchos de los detenidos durante el régimen de excepción. La versión se vio reforzada por lo que algunos custodios y elementos policiales alrededor del presidio les habían dicho a los familiares de los reos.

Pese a que las autoridades desmintieron la versión, la especie había corrido con tanta velocidad que fue imposible contener aquel río de angustia afuera del penal. Las imágenes fueron impactantes por la cantidad de gente, por la ansiedad que se respiró en esos minutos caóticos.

Decir que esos ciudadanos están solos es una obviedad. Y la soledad en que se encuentran no tiene que ver con el pobre servicio que reciben de la Procuraduría o de la Defensoría de los Derechos Humanos ni con la deficiente comunicación del personal penitenciario sino también con la indiferencia de la sociedad ante lo que ocurre con esa crisis que es a la vez humanitaria, jurídica y sanitaria.

Esa indiferencia no goza de la excusa del desconocimiento o de la ignorancia, lo que acontece afuera de los penales es del dominio público merced al trabajo del periodismo independiente. El ejercicio de los medios de comunicación es el que ha permitido enfocar no sólo el despliegue de seguridad y la ejecución del plan punitivo sino también el drama, las dudas, las críticas y las denuncias de la ciudadanía. Y ese trabajo ha incluido la documentación de lo que los familiares de los reos sostienen, una verdad que compartieron mientras acampaban en el perímetro de los reclusorios.

La indiferencia emana de algo peor que la ignorancia: la falta de empatía. O peor aún, la antipatía por las víctimas.

Como nación, se ha perdido la capacidad de solidarizarse con los más vulnerables. Ya sea que se les satanice por la exclusión y marginalidad que sufren, por su vecindad con la criminalidad en la modalidad pandilleril, por su pertenencia a la informalidad o simplemente porque viven en la pobreza, lo cierto es que no sólo la coyuntura de seguridad y la crispación política se ha cebado contra estos salvadoreños, sino también la abulia con la que la mayoría de ciudadanos atestiguan el drama de estos meses.

Ese marasmo es la excusa para no informarse con más agudeza, para pasar de largo por los efectos colaterales de la incertidumbre jurídica, para simplificar la crisis de seguridad sufrida desde marzo como si sólo fuera un choque entre fuerzas subversivas y el Estado. Desentenderse del drama de los demás no conduce sino a la alienación, a padecer de una visión de las cosas sesgada, incompleta y desconectada de la realidad.

A la base, igual de triste, está el corto alcance de los liderazgos nacionales, especialmente de la sociedad civil. La posibilidad de conmover a la nación en una dirección más empática y cristiana no sería tan exigua si los voceros que pueden orientar del modo decente a los salvadoreños estuvieran a la altura de la coyuntura. Pero pocos se han animado a emprender esa tarea, por motivos que considerando el tamaño de este drama son irrelevantes.

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