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EDITORIAL: La realidad le arrebató la narrativa al gobierno

Los próximos días serán en reacción a las declaraciones de la encargada de negocios de Estados Unidos en el país, o a lo que eventualmente digan algunos congresistas, o alrededor de fruslerías sobre la soberanía nacional. Todo eso mientras la persona a la que el gobierno tiene en Washington tomando té no goza de ningún reconocimiento diplomático y la reputación internacional de Bukele corre la misma suerte que el bitcóin, perdiendo enteros con celeridad.

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De las burlas de hace algunos meses ante concentraciones de una decena de personas en el Monumento a la Constitución, el presidente y sus corifeos pasaron a descalificar la primera gran concentración en rechazo a su administración, a la que catalogan de organizada con dinero internacional, convocada por los partidos ARENA y FMLN, y de inspiración violenta.

La distancia entre lo que dicen, por cierto con poca convicción, y lo que la ciudadanía interesada en el tema pudo ver o constatar es abismal. Para documentar su deformación de los hechos, el régimen ha recurrido a fotos de algunos de los manifestantes, y al ya manido recurso de la repetición, pero sin éxito. No lograron convencer a nadie de que el auténtico rechazo expresado ese 15 de septiembre era un artificio de sus enemigos electorales.

Quizá por eso Bukele lució descompuesto al brindar su alocución por el bicentenario de la independencia de El Salvador. Sabe que la principal fortaleza de su administración es el dominio de la narrativa pública, el establecimiento de los temas de los que más se habla así como del modo en que se los aborda. Él gozó de ese talento desde su época de outsider político, primero con creatividad y temeridad y desde que ascendió al poder, con un método que se sustenta en la repetición incesante del mensaje a través del gigantesco megáfono que se ha construido con fondos del erario, hasta penetrar en la agenda nacional.

En sus meses como candidato presidencial, era difícil que Bukele perdiera ese pulso ante los incompetentes aparatos de comunicación de los partidos mayoritarios. No sólo es que nunca amenazaron su narrativa, sino que se convirtieron en los villanos en ella. Y con la partidocracia tradicional reducida a mínimos, nadie habría pensado que ya convertido en oficialismo, el buró de propaganda de GANA y Nuevas Ideas perdería siquiera una vez el control de la opinión pública. Pero ocurrió, y no una vez sino todo este último mes.

La necedad de la cripto moneda y su deficiente implementación arrojaron al gobierno a una posición vulnerable; la marcha del 15 de septiembre agravó esa condición. Durante varios días, mensajes denostando al presidente han dominado la conversación social, y el efecto se repitió en las últimas horas luego de que el presidente Biden incluyó a cinco magistrados impuestos por el oficialismo en la lista Engel de corruptos y enemigos de la democracia.

Ya no hay un titiritero dictando de qué se habla y de qué no. El aparato de propaganda está en clave de emergencia hace semanas, sin el tradicional lujo de manipular a la opinión de un lado al otro. Los próximos días serán en reacción a las declaraciones de la encargada de negocios de Estados Unidos en el país, o a lo que eventualmente digan algunos congresistas, o alrededor de fruslerías sobre la soberanía nacional. Todo eso mientras la persona a la que el gobierno tiene en Washington tomando té no goza de ningún reconocimiento diplomático y la reputación internacional de Bukele corre la misma suerte que el bitcóin, perdiendo enteros con celeridad.

Desprovisto de su principal poder, quizá se acerque la hora en que el oficialismo cambie la táctica por la política y refleje algún grado de madurez. O insista en pelearle la narrativa a la realidad, aunque en esa batalla el pronóstico es de derrota.

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