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Miércoles de Ceniza

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Rutilio Silvestri - Columnista de  LA PRENSA GRÁFICA

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Ese día empieza la Cuaresma, y llega a nuestros oídos la llamada divina a la penitencia. Por eso nos dice la Sagrada Escritura: Esto dice Yavé: convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto y con gemidos. Rasgad vuestros corazones, no vuestras vestiduras, y convertíos al Señor Dios nuestro; porque es clemente y misericordioso, tardo a la ira y grande en misericordia, y se arrepiente de castigar. ¿Quién sabe si, mudando su consejo, no se arrepentirá y dejará tras sí bendición, sacrificio y ofrenda para el Señor Dios vuestro?

De parte de Dios, la Iglesia nos dirige una invitación imperiosa, porque le apremia la salvación eterna de sus hijos: enmendémonos y mejoremos en aquello en que por ignorancia hemos faltado; no sea que, sorprendidos por el día de la muerte, busquemos tiempo para la penitencia, y no podamos encontrarlo.

Ninguno puede sentirse eximido de este encuentro más sincero con la misericordia de Dios. Por eso nos dice la Sagrada Escritura: tocada la trompeta en Sión, proclamad ayuno, pregonad asamblea. Reunid al pueblo, ordenad congregación, convocad a los ancianos, reunid a los niños, aun a los infantes de pecho. Que deje el esposo su cámara, y su lecho la esposa. Entre el pórtico y el altar lloren los sacerdotes, ministros de Yavé, diciendo: perdona, Señor, a tu pueblo.

Es necesario disponerse para aprovechar este tiempo de verdadera penitencia a que nos invita la liturgia. Todos los días son buenos para recomenzar el trato con Dios, pero el inicio de la Cuaresma es una llamada y una gracia especial.

Con las palmas y ramos benditos el año pasado, se obtiene la ceniza que hoy la Madre Iglesia impone sobre la cabeza de los fieles, que las reciben con espíritu de compunción. Por eso nos vuele a decir la Liturgia: Oh Dios, que te inclinas ante quien se humilla, y te complaces en quien expía sus pecados: escucha benignamente nuestras plegarias, y derrama la gracia de tu bendición sobre estos hijos tuyos que van a recibir la ceniza; para que, a través de las prácticas cuaresmales, lleguen a celebrar el Misterio Pascual con un corazón puro.

El alma se reconoce culpable: negligencias, faltas de generosidad y de vibración en el servicio de Dios, flaquezas diarias, omisiones, descuido en las prácticas de piedad, indelicadezas causadas por el amor propio o la comodidad. Llenos de manchas nos sentimos ante el Santo de los santos; y dolidos, hacemos nuestra la advertencia de la sabiduría divina, que hoy nos repite la Iglesia: acuérdate de que polvo eres y al polvo volverás.

Pero anhelamos recibir los rayos soberanos del Sol de Justicia nos dice Camino, la gracia que Cristo nos ganó con su Sangre, y pedimos: crea en mí, oh Dios, un corazón puro, y renueva en mis entrañas un espíritu recto. No me deseches de tu rostro, y no quites de tu Espíritu Santo.

Durante la Cuaresma, revivimos los cuarenta días de ayuno de Cristo en el desierto. Y la Iglesia desea que, a partir de la edad conveniente, los fieles se sujeten en estas fechas al ayuno y a la abstinencia.

Si nuestro propósito de mejora es sincero, no nos faltará la ayuda de Dios y de su Madre Santa María.

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  • Miércoles de Ceniza
  • Cuaresma
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