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Para poder avanzar de veras en la línea del progreso nacional es requisito indispensable evitar cualquier enclaustramiento hostil

No más choques obsesivos; no más enfrentamientos vanos; no más desahogos virulentos... Lo que hay que hacer es administrar inteligentemente las diferencias y no dejarse dominar por los impulsos acaparadores.

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David Escobar Galindo - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Es cada día más evidente, como lo venimos repitiendo de manera continuada, que los salvadoreños tenemos una lista de aprendizajes por asumir hasta sus últimas consecuencias si es que en verdad queremos entrar definitivamente en fase evolutiva avanzada conforme a los requerimientos de los tiempos. Hasta muy poco antes del brote global de realidad que nos ha puesto a todos y en todas partes a mirar nuestro entorno como si fuéramos típicos recién llegados, las cuestiones y preguntas claves del desenvolvimiento histórico parecían ya suficientemente respondidas; pero, de pronto, todo entró en fase de notoria incertidumbre, que es lo que en este momento más se hace sentir en nuestro ambiente y en todos los demás. No es de extrañar, entonces, que el ánimo tanto universal como nacional se hallen tan perturbados.

En tal sentido, el instrumento de análisis y de comprensión por excelencia tiene que ser, ahora más que nunca, la racionalidad en acción, lo cual implica dejar de lado las tentaciones rupturistas y avanzar, con toda decisión, por la vía de una cada vez más actuante disposición a ver las cosas como son desde la interioridad de ellas mismas y no como simples armas a nuestro servicio. Esto, entonces, es un ejercicio de efectividad autoeducativa, que debe partir desde los inicios de la experiencia vital de cada quién, y por ello es en la familia donde debe iniciar la práctica constructiva al respecto, y desde ahí desplegarse hacia los diversos ámbitos de la educación integral, que llega hasta los más altos niveles políticos, tal como hoy la dinámica globalizadora lo evidencia sin reservas.

El principal problema de la política consiste en tener siempre al lado la ambición del poder, que día a día tiende a volverse más imperiosa e insaciable. Y eso no tiene fronteras preestablecidas, porque es una especie de ansiedad devoradora, que no respeta límites de desarrollo: lo mismo se da en los países más ricos y en los países más pobres. Ahora, cuando las viejas estructuras de poder están en crisis final, eso queda más a la vista. Es la naturaleza humana la que pone la pauta en todo caso. Igual en estructuras ingeniosamente férreas como las de China que en esquemas democráticos bien ataviados como tales como el de Estados Unidos de América, el ansia de imponerse resulta irresistible.

En todo caso, lo que más ayuda a progresar en serio es posesionarse de la vocación de destino, que tiene en cada caso concreto sus características propias. Los países y las sociedades son como los seres humanos: idénticos y distintos a la vez. Y eso, que de primas a primeras parece un mero juego de palabras, no se debe dejar de lado en ningún momento, porque entonces la realidad tiende a descompensarse, según vemos y experimentamos día tras día en estos años de tensiones crecientes y envolventes. La irresponsabilidad acumulada nos tiene, pues, al borde de un colapso que nunca se consume, pero nos ata de manos.

Para un país como el nuestro, a todo eso se van sumando las diversas dependencias que padecemos en todos los campos, debido a nuestra condición marginal en tantos sentidos. Es cierto que hoy nos hemos vuelto visibles a la luz del fenómeno globalizador, pero sacarle las ventajas concretas a dicha situación requerirá, sin duda, de mucha habilidad analítica y de reiterada disciplina. Se nos aparece de nuevo ese término que se hace valer cada vez con mayor urgencia: disciplina. En todo y para todo.

A fin de llenar todos los requisitos de funcionalidad que venimos señalando se hace inevitable la comunicación, y sobre todo al interior de las distintas agrupaciones tanto nacionales como internacionales. Por eso enfatizamos en el título de esta Columna que hay que evitar "cualquier enclaustramiento hostil". El presente nos exige convivencia saludable, y por ello el estilo agresivamente confrontativo que ahora padecemos debe ser superado por la espontánea interacción democrática.

No más choques obsesivos; no más enfrentamientos vanos; no más desahogos virulentos... Lo que hay que hacer es administrar inteligentemente las diferencias y no dejarse dominar por los impulsos acaparadores. Demos ejemplo nacional de cordura evolutiva, y eso se nos acabará convirtiendo en confianza interna y externa, de la que tanto estamos necesitando en estos días.

Aunque fuéramos sintiéndonos aislados como voz en el desierto, no dejaremos de insistir en el beneficio de las actitudes y de los procederes antes señalados, a fin de que vaya quedando testimonio de sinceridad analítica y procedimental. El país tiene que saber que su suerte, para bien y para mal, es compartida por todos.

El Salvador nunca dejó de mostrar su identidad más profunda, aun en sus épocas de máximo trastorno, como fue la guerra de los 12 años. Y esa experiencia de siempre debe ayudarnos a dimensionar y a asimilar lo que viene.

Lo que está dándose en el mundo debe servirnos, en primer lugar, para activar nuestras potencialidades. Y eso es una oportunidad de oro en todo sentido.

No perdamos tiempo, pues, en rendirle tributo a la fatalidad de la marginación.

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  • enclaustramiento
  • diferencias
  • disciplina
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