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Por la experiencia que se acumula intensivamente en el día a día debemos estar cada vez más advertidos de que la palabra clave es disciplina

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Por la experiencia que se acumula intensivamente en el día a día debemos estar cada vez más advertidos de que la palabra clave es disciplina

Por la experiencia que se acumula intensivamente en el día a día debemos estar cada vez más advertidos de que la palabra clave es disciplina

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En el curso de la crisis sanitaria que lleva ya tantos meses protagonizando el acontecer cotidiano en el mundo y en nuestro país, tenemos todos la obligación inexcusable de reconocer que nos encontramos ante un desafío que, como tal, no tiene precedentes; y es que esta crisis se ha instalado en la dimensión global, que es hoy la característica más novedosa y expansiva de los tiempos que corren. En otras épocas, los aconteceres se instalaban siempre en forma localizada, pero hoy todo tiende a tener dimensiones sin fronteras, lo cual exige que haya estrategias y políticas que asuman condiciones globales, para las cuales nadie –ni los grandes ni los pequeños, ni los débiles ni los poderosos– está preparado, y por eso la sensación más generalizada es que todo va a la deriva. Superar tal condición se vuelve, entonces, un impulso irresistible, que en verdad no tiene a su disposición fórmulas de escape.

La pandemia del coronavirus se ha vuelto una especie de trampa enigmática para todos, lo cual nos pone en un plano de disfuncionalidad que nunca había sido tan dramático, precisamente porque nada de lo que se ha intentado hasta la fecha ha resultado plenamente eficaz. Las variadas formas de cuarentena y de encierro son las que han prevalecido a lo largo y a lo ancho del mapamundi; pero está claro que, sin ninguna duda posible, eso puede tener efectos transitorios de control pero no expectativas ciertas de resultados definitivos y permanentes. Lo que se viene dando son alzas y bajas de contagios, lo cual no permite que la tan necesitada normalidad se instale con firmeza en todas partes. Y, entretanto, la crisis continúa haciendo de las suyas, con una impunidad que ha puesto al sistema universal de rodillas.

Y cuando todo esto se ve sin prejuicios ni reduccionismos, lo que va quedando en claro es el tema básico de la disciplina. Si los seres humanos, sin distingos de ninguna índole, estuviéramos entrenados para aplicar los comportamientos correctos y sensatos, de seguro otros gallos nos cantarían, en este y en cualquier otro punto y aspecto de nuestro desempeño existencial como individuos y como conglomerados sociales. Actuar a la ligera, a la buena de Dios y conforme a los lineamientos de una conducta errátil y desconectada es siempre la fórmula que conduce directamente a la ineficiencia y al fracaso. Y esto se da igualmente aquí y en cualquier parte, por más que imaginemos que hay blindajes automáticos frente a ello.

Pero como siempre ocurre, nada en la vida está escrito en piedra, y, por consiguiente, nunca faltan componentes y factores capaces de enderezar las cosas, haciendo que la esencia evolutiva vaya imponiéndose sobre las tendencias estacionarias; y, en este caso, no nos cabe duda de que el tratamiento disciplinario es el que verdaderamente puede funcionar, como los hechos lo dejan ver cuando los enfocamos y los analizamos de manera a la vez realista y visionaria. Y en el caso de la emergencia pandémica dicho tratamiento tampoco tiene que ser complejo o especializado, ya que las tareas por cumplir de parte de todos son cuestiones prácticas al alcance de la generalidad.

Hablamos del uso oportuno de la mascarilla, del lavado frecuente de manos, de la desinfección con alcohol-gel, del adecuado distanciamiento social, de la cautela en las salidas a la calle y en los encuentros con otras personas, como lo más inexcusable. Todo esto tendría que asumirse como una responsabilidad normal, para que la vida tanto privada como en comunidad tenga las protecciones elementales. Si la ciudadanía asumiera normalmente su responsabilidad de convivencia sana y segura todo eso vendría por añadidura, sin necesidad de ninguna imposición administrativa.

Ha faltado, evidentemente, desde que todo este acontecer tan traumatizante se hizo sentir en los diversos planos globales, regionales y nacionales, un esfuerzo organizado para educar a la población al respecto, de manera que las debidas conductas se asuman como algo natural y no como imposiciones caprichosas. En otras palabras: hay que convencer a la gente de no se trata de caprichos ocasionales, sino de obligaciones propias de una sana convivencia, ahora y siempre.

Desde hace muchos meses se viene recayendo en las mismas disposiciones, que son en todas partes reacciones mecánicas ante la bajada o la subida de contagios. Pareciera que no hay nadie que piense y que actúe estratégicamente en ninguna parte de mundo. Es la globalización del descontrol, puesta en evidencia con un dramatismo sin precedentes. Nos preguntamos: ¿A qué nos va a llevar todo esto?

Esa es la pregunta del millón, y no sólo se refiere a la pandemia y sus efectos sino a todo lo que se va dando en todos los ámbitos y niveles, con la inseguridad y la incertidumbre a la cabeza. Esto no va a ser eterno, porque nada lo es en esta vida, pero sí va a generar afectaciones que habría que considerar a fondo cuanto antes.

Enfoquémonos, desde luego, en nuestro país, que presenta condiciones y características muy identificables. Se puede salir adelante, pero siempre que se ponga en juego todo lo necesario para ello.

Tags:

  • disciplina
  • descontrol
  • pandemia
  • responsabilidad

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