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Solo el fútbol lo hizo feliz

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 A Diego Maradona se le amaba o se le odiaba, no había términos medios. Se le aplaudían las genialidades del campo, se le recriminaban sus riñas, se le ovacionaban los goles, se le cuestionaban sus problemas con la droga. Así era, así vivió y así murió; al límite, entre la insolencia y la humildad, entre la pobreza y la ostentación; una existencia convulsa, eufórica, que solo parecía tener paz con la pelota, la que “nunca se mancha”, como dijo.

Aplaudí “la mano de dios”, la justifiqué, la validé, la defendí. La efervescencia política por las islas Malvinas caló perfectamente en la Copa del Mundo de México 86. “Las Malvinas son argentinas y el canal es de Panamá” decía la pancarta en las gradas, y eso parecía aupar a los de Diego Maradona en los campos de suelo azteca.

Un Diego excelso estaba lejísimos del muchacho llorón de España 82. En los campos ibéricos Maradona estaba llamado a ser el gran ídolo. Argentina era monarca reinante y él venía de ser campeón mundial juvenil, parecía un camino allanado para coronar al genio. Acompañado de grandes como Ubaldo Fillol, Mario Kempes, Daniel Passarella y Osvaldo Ardiles, entre otros, el mundial español pintaba para llegar, jugar y coronarse. No fue así. Los esquemas defensivos primaron —en su libro “Yo soy el Diego” se quejó de que El Salvador lo molió a patadas— y en la segunda fase sucumbió ante un apoteósico Brasil y una ruda Italia. Se fue expulsado por una patada a Batista.

Pero llegó México y Carlos Bilardo se encargó de armar un bloque que giraba alrededor de Diego. Una colmena que en este caso protegía al rey y este se movía a su antojo. Con Nápoles conquistado, el suelo azteca se le rindió, el mundo se le rindió. En la retina de todos quedan la picardía, astucia, habilidad y cinismo del gol con la mano y tan solo minutos más tarde el vértigo, la agilidad, velocidad, calidad y control del gol del siglo XX en los mundiales.

Mi hermano Jorge siempre me acusó de llevar una camisa de Argentina debajo de una de Brasil porque los segundos son más ganadores, pero es que era imposible no rendirse ante aquel partido, no solo ante el gol. A Italia 90 fue con el peso del ídolo gastado, polémico, pero con suficientes destellos para ilusionar a sus hinchas. Lloró la final perdida ante Alemania. Ya había escándalos por droga, siguieron las suspensiones, el sobrepeso y polémica tras polémica. En Estados Unidos 94 parecía resucitado pero un examen antidopaje quitó la máscara del fútbol brillante exhibido. Un adiós cuestionado.

El mundo maradoniano siempre estuvo rodeado de la controversia, la alegría, la polémica, los excesos, la exuberancia. El ídolo aclamado y el hombre reñido. Dos vidas en una misma persona, dos hombres para una sola vida.

Ayer por la mañana Kike me anunció la noticia. “Mario, ya viste quién murió”. Ante la respuesta negativa me respondió que “D i eg u i to ”. Fue la primera vez que se refirió a él de esa forma, antes solo se refería a él como Maradona y era por la eterna disputa de si Diego o Messi. Corrí al televisor, me asaltaron los recuerdos. Volví a ver los dos goles y recordé que él único y auténtico Maradona estaba en la cancha, allí siempre fue libre, feliz... Ahora está en paz.

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